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Value investing vs growth investing: dos formas distintas de ganar dinero en bolsa

Dentro del mundo de la inversión en bolsa existe una división clásica que sigue generando debate entre gestores profesionales: invertir buscando valor o invertir buscando crecimiento. No son simplemente dos técnicas distintas de elegir acciones, sino dos filosofías con supuestos de partida diferentes sobre qué hace que una inversión sea rentable, y entender la diferencia ayuda a cualquier inversor a identificar con qué enfoque se siente más cómodo y coherente.

Qué busca exactamente el inversor value

El inversor value busca empresas que cotizan por debajo de lo que considera su valor intrínseco, normalmente identificadas mediante ratios bajos de precio sobre beneficio o precio sobre valor contable. La premisa es que el mercado, por motivos a menudo emocionales o coyunturales, infravalora temporalmente ciertos negocios sólidos, y que con el tiempo el precio terminará ajustándose hacia ese valor real, generando una ganancia para quien compró cuando estaba barato. Esta filosofía está asociada históricamente a inversores como Benjamin Graham, considerado el padre del value investing, y popularizada después por Warren Buffett, que la perfeccionó incorporando un mayor peso a la calidad del negocio y no solo a su precio.

Las empresas value suelen encontrarse en sectores maduros, con crecimiento moderado pero beneficios estables y, a menudo, con un dividendo consistente. Bancos, aseguradoras, empresas industriales tradicionales o utilities suelen aparecer con frecuencia en las carteras de gestores con este enfoque, precisamente porque su negocio es más predecible y, por tanto, más sencillo de valorar con cierta fiabilidad.

Qué busca el inversor growth

El inversor growth, por su parte, prioriza el crecimiento futuro de los ingresos y beneficios por encima del precio actual de la acción. Está dispuesto a pagar múltiplos de valoración elevados, un PER alto en relación con la media del mercado, porque espera que ese crecimiento futuro termine justificando el precio pagado hoy, e incluso generando rentabilidades superiores si la empresa consigue mantener ese ritmo de expansión durante años. Las empresas tecnológicas, las biotecnológicas en fase de desarrollo o cualquier negocio que esté ganando cuota de mercado de forma acelerada suelen atraer a este tipo de inversor.

La dificultad del enfoque growth está en que exige acertar no solo en si la empresa va a crecer, sino en si va a hacerlo al ritmo necesario para justificar el precio pagado. Pagar un múltiplo muy elevado por unas expectativas de crecimiento que después no se cumplen puede generar pérdidas considerables, incluso si la empresa sigue creciendo, simplemente porque lo hace a un ritmo inferior al que el mercado había anticipado.

El riesgo de las trampas de valor

Uno de los peligros del enfoque value es caer en lo que se conoce como una «trampa de valor»: una empresa que parece barata según sus ratios históricos, pero que en realidad está barata porque su negocio se está deteriorando de forma estructural y permanente, no de forma temporal. Sectores enteros pueden quedar obsoletos por cambios tecnológicos, y comprar sus acciones porque «están baratas en relación con su historia» puede resultar en mantener una posición que sigue cayendo durante años, porque el mercado tiene razón al penalizar ese negocio en declive.

Distinguir entre una empresa infravalorada de forma temporal y una empresa en declive estructural exige ir más allá de los ratios numéricos y entender en profundidad las dinámicas competitivas del sector en el que opera, algo que requiere tiempo y conocimiento específico de cada industria.

El riesgo del crecimiento sobrevalorado

El enfoque growth, por su parte, está expuesto al riesgo simétrico: pagar precios desorbitados por empresas cuyo crecimiento resulta, con el tiempo, menos extraordinario de lo que el mercado había proyectado. Episodios históricos como la burbuja tecnológica de finales de los noventa son el ejemplo más citado de este riesgo, cuando muchas empresas con modelos de negocio todavía inmaduros alcanzaron valoraciones que solo tenían sentido si mantenían tasas de crecimiento extraordinarias durante décadas, algo que rara vez ocurre en la práctica para la mayoría de las compañías.

Rendimiento histórico de cada estilo

Académicos y gestores han estudiado durante décadas el rendimiento relativo de las acciones value frente a las growth. Durante buena parte del siglo veinte y principios del veintiuno, distintos estudios documentaron una prima histórica a favor del value, es decir, una tendencia de las acciones baratas a batir a las caras en el largo plazo. Sin embargo, la década posterior a la crisis financiera de 2008 invirtió esa tendencia de forma muy marcada, con las grandes empresas tecnológicas de crecimiento liderando ampliamente la rentabilidad del mercado durante varios años. Este patrón cambiante demuestra que ningún estilo domina de forma permanente en todos los periodos, y que los ciclos entre uno y otro pueden durar mucho más de lo que la paciencia de muchos inversores permite soportar.

¿Es necesario elegir un único bando?

En la práctica, muchos gestores e inversores particulares no se adhieren de forma rígida a un único estilo, sino que combinan ambos enfoques según la oportunidad concreta que analizan. Existe incluso una categoría intermedia, conocida como «growth at a reasonable price» o GARP, que busca empresas con crecimiento atractivo pero sin pagar las valoraciones más extremas del mercado, intentando capturar parte de las ventajas de ambos enfoques mientras se evitan sus excesos respectivos.

La elección entre value y growth, más que una cuestión técnica, suele depender también del temperamento del inversor. El enfoque value exige paciencia para esperar a que el mercado reconozca el valor de una empresa infravalorada, lo que a veces puede tardar años, mientras que el enfoque growth exige tolerancia a una volatilidad mayor y a periodos en los que la valoración de la empresa puede caer con fuerza ante cualquier señal de ralentización en su crecimiento, incluso si el negocio en sí sigue siendo sólido.

Una decisión que conviene tomar con conocimiento, no por moda

Ninguno de los dos estilos es intrínsecamente superior: ambos han producido inversores extraordinariamente exitosos y otros que han cometido errores costosos aplicándolos de forma rígida o sin la disciplina necesaria. Lo importante es entender en qué consiste cada filosofía, sus riesgos específicos y, sobre todo, no cambiar de estilo de forma reactiva cada vez que uno de los dos enfoques atraviesa un periodo de rentabilidad inferior, algo que tarde o temprano les ocurre a ambos.

Este contenido es meramente educativo y no constituye una recomendación de inversión sobre ningún estilo, sector o empresa concreta.